8M: por qué hablar de igualdad todavía incomoda

Por Silvia A. Ojeda Espejel

Gerente, Fundación Instituto Natura México


Este 8 de marzo volvemos a poner sobre la mesa una pregunta que incomoda: por qué, si hablamos de igualdad, las condiciones reales siguen siendo tan distintas para las mujeres en el mundo del trabajo. No es una pregunta nueva, pero sí necesaria, porque esas diferencias continúan marcando trayectorias, decisiones y oportunidades.

En México, 35% de las mujeres afirma haber sido impedida de estudiar o trabajar en algún momento de su vida. Y el 67% siente que sus ideas no son tomadas en cuenta en los espacios donde participa. Estos datos, surgidos del Índice de Concientización sobre la Violencia contra las Mujeres —una herramienta desarrollada por Avon y Fundación Instituto Natura para medir cuánto sabemos, cómo interpretamos y cómo actuamos frente a esta problemática— permiten dimensionar cómo estas brechas atraviesan las trayectorias laborales desde el acceso hasta las posibilidades reales de desarrollo y participación.

Estas exclusiones no siempre se presentan de manera explícita. Muchas veces se expresan en decisiones que se dilatan, en oportunidades que no se abren, o en voces que quedan al margen de la conversación. Con el tiempo, esas pequeñas diferencias se acumulan y terminan marcando recorridos muy distintos, incluso cuando el talento y el esfuerzo son comparables.

Desde Fundación Instituto Natura decidimos poner el foco en ese punto a través de la campaña MISMO. La pregunta que propone es sencilla, pero incómoda: ¿qué significa hablar de igualdad cuando las condiciones reales siguen siendo desiguales? Decir que queremos “lo mismo” implica mirar más allá de la formalidad de los derechos y detenernos en cómo se distribuyen las oportunidades, el reconocimiento y el poder de decisión.

En el ámbito laboral, estas brechas tienen efectos concretos. La dificultad para acceder al empleo, la desvalorización de la palabra de las mujeres o la falta de condiciones para desarrollarse profesionalmente impactan directamente en la autonomía económica. Y la autonomía económica, a su vez, es una de las claves para construir vidas más libres y seguras.

El Índice de Concientización también muestra que estas desigualdades forman parte de un entramado más amplio. En México, más de la mitad de las mujeres reconoce haber atravesado alguna situación de violencia por su género. Cuando se profundiza en situaciones concretas, esa cifra crece de manera significativa. Sin embargo, una parte importante de esas experiencias no se identifica de manera espontánea como violencia. Nombrar, comprender y dimensionar lo que ocurre sigue siendo un desafío colectivo.

Esa falta de reconocimiento no es un detalle menor. Cuando ciertas desigualdades se naturalizan, se vuelven más difíciles de cuestionar y transformar. Por eso es tan importante contar con información confiable y con herramientas que nos permitan mirar la realidad de frente y entender que no son casos aislados, sino problemas estructurales. No se trata de buscar culpables individuales, sino de animarnos a revisar las prácticas, las políticas y las decisiones que siguen sosteniendo estas brechas.

Hablar de MISMO en este 8M es, entonces, una invitación a revisar lo que damos por sentado en nuestros espacios de trabajo. A preguntarnos quiénes participan de las decisiones, qué voces se escuchan y qué condiciones hacen posible —o limitan— el desarrollo profesional de las mujeres.

Transformar ese “menos” en lo mismo requiere algo más que intención. Supone asumir que la equidad se construye con decisiones concretas, con compromiso sostenido y con una mirada capaz de reconocer las diferencias para poder compensarlas. Porque las oportunidades, la voz y el desarrollo de las mujeres siguen siendo un tema pendiente. Y porque, definitivamente, no nos da lo mismo.

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