Los otros 364 días

Hay un día del año en que la calle se llena. Pañuelos, pancartas, hijas que vinieron con sus madres, madres que vinieron con sus hijas, personas que habitualmente no participan, pero ese día sí. Que ese día exista, sigue haciendo falta. Porque cada año, el 3 de junio (y con mucho pesar, en varias otras fechas más), el problema se nombra colectivamente. Pero los otros 364 días también existen, y es ahí donde la conversación necesita seguir presente.
Un martes cualquiera, a las tres de la tarde, una mujer decide pedir ayuda. No marchó ayer ni va a marchar mañana, pero hoy necesita encontrar una salida. Lo que pase a partir de ese momento —si encuentra a alguien que la escuche, si le explican qué pasos tiene que dar, si se encuentra con un sistema preparado para acompañarla o si tiene que volver a empezar tres o cuatro veces— es lo que sucede los otros 364 días.
En Chile, 9 de cada 10 mujeres han vivido, al menos alguna vez, situaciones de violencia por su condición de género, según el Índice de Concientización sobre la Violencia hacia las Mujeres 2025, realizado por Fundación Instituto Natura y Avon. Sin embargo, el 47% no conoce ningún servicio de denuncia y apoyo a mujeres en situación de violencia. Entre quienes no saben dónde pedir ayuda, quienes no encuentran acompañamiento y quienes nunca llegan a denunciar, hay una parte del problema que permanece fuera de la conversación pública. Y ese silencio también pesa todos los días.
Llamarla por su nombre: las palabras importan
Durante muchos años se habló de ‘crimen pasional’. La expresión parecía explicar la violencia a partir de emociones individuales —celos, impulsos, arrebatos— y terminaba ocultando algo más amplio. Nombrar hoy el femicidio implica cambiar el foco: ya no se trata de mirar un hecho aislado, sino de reconocer una violencia que tiene raíces sociales, culturales y estructurales.
Lo mismo pasa en frases mucho más cotidianas. “Tenían problemas de pareja” suena a algo privado, que no nos involucra. “Había violencia” nombra otra cosa. “¿Por qué no se fue antes?” presupone que irse era una decisión simple y disponible. Para muchas mujeres, salir de una situación de violencia implica enfrentar múltiples barreras.
Las palabras no son neutrales. También construyen la manera en que una sociedad entiende un problema, responde frente a él y acompaña —o no— a quienes lo atraviesan. Y esa forma de nombrar después se traduce en conversaciones familiares, respuestas institucionales, decisiones judiciales y políticas públicas.
La conversación no se cierra al día siguiente
Lo que durante décadas se entendió como un asunto privado —“cosas que pasan en cada casa”— en los últimos años comenzó a ocupar un lugar más visible en la conversación pública. Las movilizaciones y las efemérides fueron parte importante de ese proceso. Sin ese día del año en que la calle se llena, probablemente hoy la discusión sería otra.
El gran desafío es sostener esa conversación el resto del año. Que no aparezca únicamente cuando hay una fecha conmemorativa o un caso que ocupa los titulares. Que siga teniendo lugar en los medios, en las instituciones, en las escuelas, en las familias y en las conversaciones cotidianas. Y parte de esa construcción está en prestar atención a cómo hablamos sobre la violencia, cómo la nombramos. Porque las palabras que usamos también construyen sentido, delimitan responsabilidades y definen qué historias se vuelven visibles y cuáles quedan afuera.
“Llamala por su nombre” es mucho más que una consigna. Es un ejercicio, una forma de construir una conversación. Podemos —y debemos— mantenerla los 365 días del año.
